Elogio de la conversación /

Leonardo Ahumada

Maturana habla de los lugares confesionales, entre ellos el bar. La plástica (o el arte, que terrible palabra) ha reconocido siempre esas zonas para desplegar sus oficios. No es otra cosa la que pretendemos con los ejercicios de utilidad pública que desarrollamos en este lugar, origen de alguno de nosotros y posibilidad de apertura para los demás.

La conversación, según algunos lúcidos autores de la posmodernidad (tan vieja ya) es o sería, una de las maneras más sublimes del arte, más completas, más llenas de sentido. Recordemos que en los setentas el fiero Joseph Kosuth advertía: “El arte es la creación de sentido”. Y cómo no iba a ser una nube de respaldo entender que mientras hacíamos este ejercicio, las puntas de nuestros hilos se entretejían con las historias de miles de ciudadanos que intuían que existía algo más que la propiedad privada y nos hacían el regalo de contar sus vidas a pito de un choripán y de una declaración de principios tan simple como decir “Estoy frente a tí y soy un interlocutor válido”, porque decido hacerlo, porque me entrego a la experiencia de luchar contra todos mis males con la posibilidad de que una conversación me saque de la soledad” . Eso fue lo que escuchamos y que rebotó como el mercurio del espejo en nuestras orejas asustadas de frivolidad. Ojo, aquí hay algo , detallaban nuestras cabezas antropólogicas, aquí, hay que hacer campamento y vagar (derivar dirían los situacionistas) en busca de interrogantes lúcidas. Así fue y obtuvimos maestría en narracíón, doctorado en relato, porque asumimos que a la par de un buen mote con huesillos, le sigue la historia de por qué ese brebaje se transforma en el vínculo con la vecindad y ua manera de “emprender” como diría un senador con cara de sapo (perdón Julito Martínez). Y ahí, uno está justo en el punto que recuerda la sabihonda retícula de la infancia que por suerte nos hizo abrevar del mismo manantial que a todos nuestros compañeros de armas (¿armas para la vida?) y nos otorgó el privilegio de entender que la horizontal (para algunos la manera de juntarse el mar y el cielo) era la única forma viable de vivirse esta vida, es decir entendiendo que el que quedaba enfrente de tí, era indefectiblemente tu igual.

Y es así como se ha armado esta conversación, con la abolición de la desconfianza, con la certeza de entablar una discusión que abra mundos, que enriquezca a cada uno, que luche contra la inmediatez y se sume a algún lugar reflexivo (un espejo), para nadar contracorriente y sentir que los pulmones se llenan de aire, pero de el aire que respiran todos tus vecinos… Y que ese aire, te hace bien.