La comunidad del relato

Sergio Rojas

La Villa y la población tienen su origen en una toma de terreno, acto de “fuerza” (de necesidad), pero también de fundación y de conquista, en virtud del cual se genera una historia que habrá de legitimar ese acto, como legitimación de un deseo. Es precisamente ese hecho el que genera el sentido de una comunidad en la Villa; no los reglamentos de convivencia y las acciones legales que habrán llegado necesariamente después, sino aquel acontecimiento que en el pasado les da un mismo origen. Tiene, pues, ese acontecimiento, un poder generador de historia, no sólo ocurre en el tiempo, sino que genera un tiempo. En este sentido puede ser denominado técnicamente (no metafóricamente) como un acontecimiento poético. De ese acontecimiento hay relatos y también fotografías, y entonces podría decirse que el sentido de la comunidad consiste en una “memoria” común, porque lo que los reúne en el espacio también los reúne en el tiempo. La Villa tiene una densidad narrativa.

Pero esa “memoria común” es una especie de texto que resulta de muchos relatos que se cruzan, se complementan y que en más de algún detalle podrían incluso disputarse aspectos de ese pasado hecho de lenguaje. Porque esa memoria es un texto que no tiene un solo autor, no narra la historia de un solo protagonista, sino de una voluntad que se debe articular social y políticamente, pero sin llegar a trasformarse en la voluntad de un sujeto determinado. Me parece que reparar en esto resulta fundamental para poder comprender la naturaleza del deseo que anima una “toma”. Se trata de un colectivo de esperanzas y proyectos de distintas familias, que han debido organizarse (darse una política adecuada a una práctica de reivindicación), para poder dar un sitio a sus afanes personales y particulares. Entonces la toma, que desde la perspectiva de la gran historia se podría leer como una gesta heroica en el origen, corresponde al deseo de poder generar precisamente lo contrario a la grandilocuencia de la fundación: el establecimiento de una vida cotidiana. Rutinas, hábitos, circularidad doméstica, son comportamientos que del otro lado que “lo heroico” requieren de un espacio para desarrollarse. Por eso que a la hora de escuchar los relatos que constituyen el cuerpo narrativo de la toma, emerge una pluralidad de historias cuyo rasgo distintivo es la cotidiano.

Obviamente la historia y la realidad de una Villa que nace con una “toma” de terreno, tienen una dimensión social y política que se impone en el análisis de su presente y su futuro. El colectivo puede proponerse un trabajo artístico con esta realidad y su historia sólo en la medida en que sea capaz de identificar elementos que siendo constitutivos del fenómeno, no se dejen leer totalmente conforme a criterios relacionados con el desarrollo material de la comunidad. Entre esos elementos se encuentra la memoria de la comunidad, memoria heterogénea, plural. En este sentido es posible encontrar en la toma una realidad cuyo espesor genera un interés y un trabajo que va más allá de lo “asistencial”. En efecto, decíamos que un sentido de comunidad se encuentra en la historia de la Villa, historia cuyo cuerpo lo constituye la memoria de sus habitantes (algunos de los cuales se denominan como “originarios de la toma” en los informes del Colectivo). Esa historia común es posible en una memoria plural, sólo en cuanto que los múltiples relatos de esa memoria no se proponen como distintas “versiones” de los hechos (no se someten a un criterio que sancione en cada caso su “verdad” objetiva), sino que es siempre la memoria de los vecinos, son memorias ellas mismas “vecinas” entre sí, como los terrenos, las casas y las familias que las habitan.

A diferencia de lo que ocurre con el trabajo disciplinario desde la historia, la sociología o la antropología, el Colectivo de arte no se propone como resultado un saber que permita a un sujeto externo a esa realidad tomar decisiones y movilizar recursos (monetarios, políticos, técnicos), sino que subordina su intervención a los momentos que sirven al reconocimiento y constitución de la propia comunidad, como sujeto de su historia. A este respecto, dos elementos resultan fundamentales.

Primero. No se trata simplemente de sumar distintas “historias”, habiendo asumiendo previamente que no es posible generar un único gran relato, sino que lo decisivo es el hecho mismo de contar la historia, la circunstancia, la escena en la que los vecinos vienen a cumplir no especialmente una “tarea” solicitada, sino el deseo de contar su historia. Y entonces, la historia de la Villa, que comienza con el deseo de un espacio en donde vivir, deviene ahora en el deseo de un tiempo que se relata y en el cual es posible reconocerse y apropiarse de esa historia. No hay por lo tanto una especie de “identidad” que se pueda suponer como el contenido de esa historia, sino que tal identidad tiene lugar en el hecho mismo de relatar, de llevar al lenguaje los logros, afanes y proyectos personales y familiares. Las personas se reúnen a contar sus historias (en el interior de sus casas, en la peluquería, en la biblioteca comunal), por lo que podría decirse que la escena tiene un poder “performativo”, porque el sujeto que la protagoniza sólo “tiene” una historia en la medida en que la narra; en sentido estricto quiere pertenecer a un relato.

Segundo. Esas memorias que toman cuerpo en los distintos relatos no sólo están hechas de palabras, sino también de objetos. He aquí uno de los rendimientos del trabajo del Colectivo con las fotografías que los vecinos facilitaban, acaso con el mismo deseo con el que se animaban a contar sus “historias”. Las fotografías pueden operar sin duda como documentos (informan, verifican, prueban, ilustran), pero también son en cada caso como una especie de cifra, en el sentido de que deben ser no sólo comentadas (al modo de un pie de foto), sino también interpretadas. Son imágenes cuya materialidad da cuenta del “paso” del tiempo, de la distancia, porque los niños crecieron, porque las marcas del terreno se transformaron en una casa, etc. Entonces las fotografías colaboran con la memoria, pero también la “interrumpen”, porque exhiben precisamente aquello que da que hablar, pero que no puede terminar de ingresar en las palabras. Por eso que cada cierto tiempo es necesario volver a contar la historia, aunque sea siempre la misma.

La comprensión de los múltiples aspectos implicados en el trabajo con las fachadas -y que da nombre al proyecto del Colectivo- se puede desarrollar considerando algunos de los conceptos más arriba señalados. En efecto, podría decirse que la fachada es la dimensión más retórica del exterior de una vivienda. Es en cierto modo “expresión” de un carácter (se puede hacer el ejercicio de descubrir características de quienes habitan esa casa), pero es también algo dedicado a los demás. La fachada manifiesta pero también “encubre” o simula, pero esto no debido a que oculte o niegue una realidad interior, sino porque el sentido prioritario de toda fachada es singularizar estéticamente la vivienda con respecto a los vecinos. La fachada por lo tanto debe siempre romper la “línea”. En este caso, las fachadas realizadas, intervenidas por los vecinos con asistencia del Colectivo, refieren una misma realidad (de hecho algunas narran visualmente la historia de la toma), desde distintas perspectivas. Pero lo gravitante de esta parte del proyecto, es que esas “perspectivas” que toman cuerpo en las fachadas no están dadas en su diferencia por distintas apreciaciones o focos de interés, sino por los respectivos oficios de sus moradores.

El proyecto FACHADA opera, pues, como una instancia de comprensión y auto reconocimiento de la comunidad de la toma. Es decir, su “intervención” no habría sido posible si no hubiese imaginado e implementado las estrategias para dejarse intervenir por ese proceso de autocomprensión en curso de los vecinos de la toma.