Francesca Lombardo
“…Tambien ella, muñeca reina
haciendo la muerte nocturna
para quedarse afuera, afuera
del maligno traspaso de órganos…
En el silencio letárgico, la mano de él
camina despacio entre los pliegues de
la sabana, y ella contiene la respiración y se
mata - ahí mismo - de súbito - se mata
con los ojos desmesuradamente abiertos y
el cuerpo gélido, ella se queda pero irremediablemente
se ha ido,- se fue - saltó por la estrecha ventana
hacia el parque de juegos infantiles donde en medio
del tobogán deja colgando su cráneo.”
Escribí lo anterior hace muchos años, en 1976 y en Paris, quince años después este texto se ancló en una historia clínica muy breve, no duró más que cinco sesiones, pero que aún recuerdo la intensidad de lo dicho, de lo escuchado y la atmósfera que cada uno de esos encuentros imponía.
La Muñeca Reina se llama Rosa, tiene en el año 1991, 46 años y llega a mi consulta derivada por una matrona que me conoce y que a la vez es su amiga. Dice que viene porque algo extraño le está pasando, ya no es la misma que era, está como inapetente. Siempre le ha gustado comer, disfrutaba haciéndolo, pero ya no… se ríe, dice que tampoco está con ganas sexuales, no quiere carne …
Cuenta su historia; la familia de Rosa está compuesta por su padre (70 años a la fecha), matarife retirado hace poco, su madre de 65 años, dueña de casa, Rosa es la mayor y un hermano cuatro años menor que es mecánico y tiene su propia familia desde hace unos diez años. Los padres de Rosa son de Santiago y tienen desde la infancia de ella y su hermano, una casa en Maipú, ahí se desarrolla su niñez y escolaridad.
Vecino colindante a esta casa familiar vive un matrimonio donde él es micrero de la línea
Ovalle-Negrete, su mujer es dueña de casa y tienen tres hijos pequeños. Cuando Rosa tiene 14 años inicia una relación clandestina con el vecino, se citan en la micro, etc. Después de dos años el vecino y su familia se mudan. Un tiempo después Rosa abandona el colegio, en el penúltimo año de enseñanza media, el amante le arrienda una pieza en la calle Nataniel Cox, Rosa deja la casa familiar con un gran quiebre con los padres y empieza a ser mantenida por este chofer que luego de algunos años, se convierte en camionero y progresa notablemente. De la pieza en la calle Nataniel, Rosa pasa a un pequeño departamento en la calle Santiaguillo.
La relación de Rosa y su amante se mantiene sin que él se separe de su mujer e hijos. Rosa dice: “Yo nací para capilla, no para catedral… yo soy la chey y él es mi firmeza”.
(Chey = amiga intima, querida) El firmeza es el amante con permanencia, de “la firme”= la verdad, lo verdadero y tambien quien “afirma”, da soporte.
En esta historia, que es la historia sentimental de Rosa hay pasiones y desengaños, momentos en que se le confunde erotismo y reproducción. Así, en la soledad de ciertos tramos el deseo coagula en su cuerpo, queriendo inventar un motor, una vela de navegación.
Rosa se ha practicado siete abortos entre los 16 y los 35 años, todos ellos de alrededor de los tres meses, salvo uno, el último que fue de casi cuatro meses de gestación. Ella cuenta estos episodios como “gajes del oficio de querida”, fueron momentos donde tuvo que “apretar las muelas”y hacer lo que había que hacer. El “firmeza” pagaba y no decía gran cosa, se ponía taciturno (ella dice “con cara de pescado”), después se le pasaba. Todas estas interrupciones de embarazo fueron hechas por “hacedoras de arreglitos”, en condiciones precarias y tristes, en casas particulares de las calles Ñuble, Porvenir, Copiapó.
A fines de los años 80, la paciente logra lo que considera el cumplimiento de un viejo sueño, esto es que el amante compra y pone a su nombre una casa en la calle Santa Rosa. Ésta casa es adecuada para que ella viva en una parte y transforme el resto en sala cuna y jardín Infantil. Rosa contrata auxiliares de párvulos y empieza a recibir y cuidar niños pequeños.
Un día dice, hace unos tres años (o sea en 1988), ella está en el 2º piso en una oficina que permite ver la sala de juegos en el primer piso, hay una niña de tres años que juega en el tobogán, la ve subir con dificultad la escalerita, sentarse, deslizarse, pero cuando llega abajo la niña no se levanta. Las auxiliares que se ocupan de los niños se acercan y Rosa que ha visto todo, baja corriendo y ve a la niña aparentemente sin conocimiento y con los ojos abiertos y fijos. En la desesperación por hacer algo, Rosa arranca una frazada de la cama cuna que está mas cerca, toma a la niña, la envuelve en la frazada y corre con ella hacia el Hospital Arriarán, distante a unas cuatro cuadras. Al llegar al Hospital, en la urgencia, los médicos que la reciben y examinan a la niña, le dicen que la niña está muerta posiblemente de un aneurisma. Mientras me cuenta esto y muy afectada Rosa me dice: “Me acuerdo cuando tomé a la niña en brazos en la sala cuna y salí con ella. Mientras corría como una loca por la calle, las lágrimas se me quedaron suspendidas en las pestañas postizas, casi no me dejaban ver…Desde ese día nunca más me puse pestañas postizas”. El día que ella relata esto, es la última vez que la veo, no vuelve más y yo tuve la impresión, después de repasar una y otra vez la historia, que quizás ella había dicho lo que tenía para decir y eso era.
Esta vida narrada en cinco sesiones, con sus tropiezos, sus puntos de silencio, de dolor, de humor, se quedó en mí como un jeroglífico siempre a medio decriptar, un jeroglífico extraño y entrañable a la vez, adherido a la ciudad, a una parte de la ciudad, por ahí a un costado del barrio cívico, detrás, el patio trasero.
Barrios de las pobrezas de los años cuarenta, cincuenta, sesenta, calles, cuadras, casas obreras mas calificadas, artesanas, clase medianas bregando siempre en la oscilación, pero tambien vegetativos, gozantes, vividos en un existencialismo del tipo: “lo comido y lo bailado no me lo quita nadie”.
Avenida Matta, la Alameda, entre esas calles ejes, el entramado más fino, Nataniel, Santiaguillo. Rosa va a pie a verme, de Santa Rosa, donde vive, sale a la Alameda, entra por Victorino Lastarria o por Victoria Subercaseaux y llega a la calle Rosal, a mi consulta. Es posible que al venir o al irse bordee el cerro Santa Lucía y salga nuevamente a Alameda. Sus incursiones en la ciudad están en el radio de Avenida Matta, Franklin, Bandera y hacia el oriente, en escapadas con amigas, Providencia y Manuel Montt “El Parrón”, Once de Septiembre y Pedro de Valdivia “El violín”, un lugar “happy hauer”, con vidrios polarizados, parece un café con piernas, pero es un lugar de encuentros. Rosa va ahí algunas veces con amigas, va cuando está “chueca” con el “firmeza” como ella dice, agregando: “Ud. me ve así, estoy gorda ahora, pero no crea, cuando estoy bien, donde pongo el ojo pongo la bala”. También ha ido al Parrón a comer parrilladas, pero es habitué mas bien de “Los braseros de Lucifer” en Condor con San Diego y de “Los buenos Muchachos” en Cummings, cenas bailables donde la voz que apuñala de los Ángeles Negros ameniza desgarradoramente “las carnes”.
Pienso en la carne, en su padre matarife: … A las dos de la mañana los galpones de faenamiento eran un hervidero de hombres, animales, agua y sangre. Los matarifes cumplían, no sé si aún es así, un rito sagrado, que era beber la pócima que a ese oficio
vuelve invencible, inmunes a toda enfermedad, un vaso de sangre de toro con una pizca de
aguardiente. En esos galpones los hombres trabajan a torso desnudo y pies pelados, una faja hecha a menudo con un saco harinero plegado sirve para guardar el estilete con su vaina y el astil, fierro donde se afila la herramienta.
El oficio consiste en la puesta en escena de “la muerte dada”. Amarrado con un lazo y sostenido firmemente, al animal espera. El matarife da vueltas alrededor de él y de improviso asesta un golpe feroz en la nuca del animal, que se despaturra y cae entre estertores al suelo. Ahí se le entierra un cuchillo en el cuello para desangrarlo, luego otros hombres abren el animal, descuerándolo y despostándolo. Los hombres se mueven semi desnudos, con un saco de harina sobre sus cabezas, haciendo las veces de capucha, pisando, chapoteando sobre el agua y la sangre, entre mugidos y olor a animal y a muerte. Si el animal resiste el puntazo del estilete, se le da “con el mocho del hacha” el golpe final, el ajusticiamiento último y de gracia entonces es siempre con “el mocho del hacha”.
Rosa tiene una vieja historia con todo eso, con el paso de la vida a la muerte, los ganchos
de cuelga de los animales, el desposte. Una sensualidad bárbara, acre, que sabe de la sangre y tambien del festín, del crepitar de la hoguera, los grados de cocción de la carne, del sexo y la muerte.
Sus hombres a partir de su padre y luego el “firmeza” corresponden a tipos duros y “gallos”; tienen fuerza y valor, son buenos para el tinto y las mujeres, son avispados…Otros hombres, los que a veces encuentra en el “Violín”, le parecen oficinistas escuálidos y cursis que la tedian …
Maipú, la Avenida Pajaritos, la Cinco de Abril, el recorrido de la micro Ovalle - Negrete, desde el Callejón de Lo Ovalle atravesando por Gran Avenida, San Diego y luego Bandera hasta detrás del Hipódromo de Chile, el ir y venir de esta micro aguerrida entretejiéndose en la parrilla costal de la ciudad. Las calles ejes abriéndose y encerrando los órganos interiores. El sector de Franklin con el matadero siempre abastecido por el tren, (aún existen los rieles), estación Placer con Santa Rosa, había barreras que señalaban, subiendo o bajando , deteniendo el tránsito , el paso del tren carguero que venía cruzando esa vena repleta de callampas entre el Zanjón de la Aguada y la Línea, lugar de refugio para los exiliados del salitre y de los provincianos a quienes la ciudad mostraba sus amargos dientes.
Franklin es el matadero, pero también una de las zonas más intensas de transacción, un metabolismo gritón, abigarrado, con lanzas a chorro, cocinerías y arreglos de cuenta silenciosos, puñaladas que se dan y se cobran al margen de la institución policial.
Un mapa que marca el tránsito y algunos puntos fijos, datos de vida, de historia que encapsulan otras historias, explicándolas, implicándolas. Así la casa, el trabajo, las picadas… son la iconografía urbana y personal donde los sujetos nos hilvanamos en la topografía ciudadana. Las maneras de hacer, de decir y/o de no decir lubrican los paños de la ciudad informando sus climas, sus altas o bajas presiones, sus frentes.
De esta climatología mi paciente conoce, ella la informa por sus poros, por el vaho que expele.
De Rosa:
la melena aleonada, seguramente con varios tonos mas rubios, con mechas más claras aún, la ropa interior, que imagino roja o negra, jamás color piel,- eso si que sería como estar desnuda-La falda recta y ceñida, para resaltar trasero, muslos y caderas, exhibición bélica.
Las medias de material electrizante, marca Panter (por ejemplo), medias que susurran el roce (así como sucede con el fru-fru de la seda o el tafetán) y que me ponen nerviosa en la consulta, cada vez que ella cruza o descruza las piernas. Los zapatos, cosa rara, que en vez de ser altos e insolentes, son planos, tipo ballerina y que me hacen pensar que viene a pie, como quien hace una diligencia corta, más o menos en el barrio. No trae cartera, sino un monedero que en rigor se le llama “chorito”, pequeño de falso cuero, henchido por monedas y con un cierre éclair. Lo trae apretado, empuñado , ella lo abre cuando paga la sesión, y lo que sale no es dinero efectivo, es un cheque doblado al menos en cuatro pliegues de la cuenta de un hombre.
Sus manos:
las uñas no son rojas, como uno podría querer, son nacaradas y saltadas. Rosa
y sus uñas me llevan a las peluquerías del centro, a las peluqueras del Pasaje Imperio, que ya no existe, pero que en la época de las sesiones todavía estaban. Entre Huérfanos, San Antonio, Agustinas, el pasaje exhibía sus suelos con baldosas que reproducían una ondulación vertiginosa. En los altos del pasaje Imperio se sucedían una peluquería tras otra, hombres haciéndose lavar el pelo, con los ojos cerrados y esas capitas de plástico, hombres haciéndose las uñas, no sé, una atmósfera rara, sensual en esos bolsones de otro aire en medio de los pasajes, de las galerías. Rosa trae todo eso con ella, un aroma almizclado, dulce y picante a la vez, el aroma afrodisíaco de la glándula ventral del ciervo almizclero. En oriente y tambien en occidente casi los exterminaron por la sustancia base de los aromas o las esencias al aceite de la industria perfumera.
Rosa posee esa glándula creo yo, en el bajo vientre como los ciervos almizcleros despidiendo aromas en los intersticios del mapa urbano, en los bastidores de las grandes calles. Un olor a sexo, un olor dramático. Olor a musgo, a flores secas, a odio y tibieza letárgica, el olor de los boleros de los tangos, de los valses peruanos.
Esta historia se ha quedado en mi memoria, seguramente por los motivos que les he tratado de contar y seguramente por más, por el batido lánguido de las pestañas postizas, las lágrimas detenidas ahí en ese biombo inicuo frente a la muerte,- los cilios pesados con esa carga, si, imposible volver a usarlas, no sirven..También por los cruces, por el rizoma trágico creciendo en la horizontal, importando arte dramático que la vida es y materia de la memoria supurando en la calles, en el ramaje occiso de la ciudad, en aquello escrito quince años antes en un muy otro paisaje y coagulado aquí en la que es mi ciudad y de una manera enigmática, perturbadora.
Para cerrar, tambien para acompañarme cito del texto de Deleuze y Guattari, “Rizoma”
lo siguiente:
“ Muy distinto es el rizoma, mapa y no calco. Hacer el mapa y no el calco. La orquídea no reproduce el calco de la avispa, hace mapa con la avispa en el seno de un rizoma. Si el mapa se opone al calco es precisamente porque está totalmente orientado hacia una experimentación que actúa sobre lo real. El mapa no reproduce un inconciente cerrado sobre si mismo, lo construye.”
(y más adelante:)
“El mapa es abierto, conectable en todas sus dimensiones, desmontable, alterable, susceptible de recibir constantemente modificaciones. Puede ser roto, alterado, adaptarse a distintos montajes , iniciado por un individuo, un grupo, una formación social. Puede dibujarse en una pared, concebirse como una obra de arte, construírse como una acción política o como una mediación. Una de las características más importantes del rizoma quizás sea la de tener múltiples entradas; en ese sentido, la madriguera es un rizoma animal que a veces presenta una clara distinción entre la línea de fuga como pasillo de desplazamiento, y los estratos de reserva o de hábitat (como el del ratón almizclero, que no es un ciervo como dije antes pero que sin embargo, es “almizclero”). Contrariamente al calco, que siempre vuelve a lo mismo, un mapa tiene múltiples entradas. Un mapa es un asunto de performance, mientras que el calco siempre remite a una supuesta competance.”
Esa es la cita, el epígrafe que me permitiré como final es mío y dice:
“Santa Rosa, Rosa, Rosal, el nombre no me dice tanto
de la santa, de la flor o del arbusto, sino de la rosa de
los vientos, la estrella de 32 dimensiones o áreas de
viento donde los puntos cardinales y colaterales están
representados”
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